domingo, 14 de septiembre de 2008

Y, al fin... ¡El laboratorio! (I)


En uno de los correos electrónicos que intercambiamos hace ya meses, mi jefa australiana me decía algo así como “seguro que tuexperiencia nos vendrá muy bien”. Por supuesto, pensé que se trataba de una frase hecha, de pura cortesía. ¡Cuán equivocado estaba! Ahora ya tengo del todo claro que, en el fondo, sólo soy un chico provinciano e inocente perdido en un mundo cruel y antropófago, en el cual soy incapaz de encontrar mi lugar. En fin…


El edificio en el que se encuentra mi laboratorio es la Escuela de Ciencias Biomédicas, Biomoleculares y Químicas. Para no desentonar con un nombre tan rimbombante, la arquitectura es tremenda, diseñada para epatar (guiño entomológico). Entras y piensas “Oh, cielos, estoy en el mundo desarrollado, no cabe duda”. Un atrio enorme, prismático, ocupa el centro de un edificio de cinco plantas. Los laboratorios, con enormes ventanales mirando hacia el atrio central, se distribuyen por los lados del prisma, exhibiendo toda la ciencia que contienen. Luego, cuando lo piensas en frío, te das cuenta de la inmensa cantidad de espacio que han desaprovechado (en torno al 40 % del edificio está vacío). Pero acojonar, acojona.


El problema con este tipo de sitios tan grandes, en los que cada grupo de investigación es de su padre y de su madre, es que todo el material común (autoclaves, arcones orbitales, estufas, máquinas de hielo, transiluminadores y demás morralla) está desperdigado por toooodas partes. Lo sufrí en mis carnes cuando trabajaba para el ínclito Dr. Soria allá en Alicante (tierra feraz donde las haya, al menos en lo que concierne al crimen y al urbanismo) y vuelvo a sufrirlo aquí. ¿Que quieres hielo, piltrafilla? Pues baja dos pisos en ascensor. ¿Que quieres esterilizar algo? Pues mete el material en el ascensor de las cosas chungas y métete tú en el de las personas, reencuéntrate con las cosas en el segundo piso y llévalas a la sala del autoclave… vamos, un incordio. Pero nada de esto tendría importancia si mi laboratorio funcionase como Dios manda. Pero no es así. Nunca he sido un tipo con suerte, como habréis podido comprobar a través de las entradas del blog.


Definitivamente, Australia es la tierra de las oportunidades. Sólo así se explica que determinada gente haya encontrado aquí un trabajo (como investigador, en la universidad) sin ser hijo de fulano o de mengano, sino siendo tan sólo un pobre inmigrante. En la próxima entrada del blog haré una descripción detallada de los personajes que aquí habitan. Para el personal de INBIOTEC (sé que mucha otra gente no lo va a encontrar interesante, pero os lo compensaré), haré ahora una breve sinopsis de los retos científicos a los que se enfrenta actualmente el laboratorio:


1. Conseguir hacer células competentes por el método que sea (porque llegas aquí, y las células para expresión de proteínas que tienen en el -80ºC no transforman ni con plásmido circular, que manda cojones…). Y las XL2 Blue que transformaban se les están acabando, de modo que la situación es crítica.


2. Conseguir ligar fragmentos de ADN. Joder, creo que podría hablar de esto durante semanas. Desconocen la purificación del ADN mediante fenol y cloroformo isoamílico (para disidente: les hecho un croquis del freeze-squeeze). Desconocen la lisis alcalina: su único método de obtención de ADN a partir de cultivo es empleando un kit para hacer minipreparaciones (y en caso de necesitar mucho ADN, pues nada: haces un cultivo más grande y hacen varias minipreparaciones a partir de él). No se creen que el ADN se puede ligar en romo (os lo juro, cuando se lo sugerí a la ¡postdoc! del laboratorio, me miraba con los ojos como platos y me preguntaba “¿pero eso realmente funciona?). Y así…


3. El otro día consiguieron que les “funcionase” el sistema de selección de colonias por color (blanco y azul, ya sabéis). Casi hubo abrazos: en varios intentos anteriores sólo habían obtenido colinas blancas en los controles de religación.



No sé si seré muy torpe, pero el entorno del que os hablo no es muy favorable, ni siquiera para sacar adelante las cuestiones más rutinarias. Pero sigo luchando, de verdad.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Numismática australiana y otros apuntes

En contra de las predicciones de mi líder, la verdad es que los dólares australianos caen como moscas. Todo resulta bastante caro, y eso que a día de hoy el euro cotiza fuerte. En especial, la comida (mi principal gasto) está por las nubes, amén de resultar francamente mala. Aún no he probado ni el canguro ni el cocodrilo, ni he visto que los oferten por ahí, pero todo se andará. El resultado del elevado precio de los productos alimentarios es que tú sacas un billete de 50AU$ y en un santiamén se desintegra tus manos, dejándote como residuo un montón de calderilla. Y aquí es donde quería yo ir a parar. A las moneditas, que, como reza el nombre de las tiendas de recuerdos, pretenden ser un “reflejo de Australia”.


Todas las monedas australianas presentan en su diseño un patrón común: en la cara llevan grabada la efigie de la reina de Inglaterra y el la cruz, por lo general, un retrato de alguno de los animalitos más emblemáticos del continente. Así, la moneda de 5 centavos (mi favorita, sin lugar a ninguna duda) lleva grabado un equidna hecho una bolita y sujetando el número 5 entre sus patitas. Muy mono. La de 10 centavos se la dedican al ave lira y la de 20, al ornitorrinco. Existen dos modelos de la de 50 centavos: mientras en uno de ellos un canguro y un emú sujetan un escudo de armas (supongo que el australiano), en el otro un emú, un canguro y un ornitorrinco se entremezclan con australiano practicando diversos deportes (una estupidez como otra cualquiera, vamos).Por algún motivo que se me escapa, las monedas de mayor valor, las de 1 y 2 AU$, son con mucha diferencia las de menor tamaño. La de 2 AU$ es diminuta, de hecho. La moneda de 1AU$ tiene varias versiones conmemorativas, pero la más corriente es una en la que aparece un canguro dando un saltito. ¿Y la de 2 AU$? Pues resulta que, por ser la moneda de mayor valor, se la han reservado al animalito más extraño de todos, aquel que más miedo suscita entre los niños australiano, la bestia antropófaga que se invoca en la antípodas para mandarlos a la cama… ¡El aborigen!...


Eso de “mandar a los niños a la cama” me recuerda el sistema de clasificación por edades que maneja la TV por aquí. No tienen ni rombos ni un cartelito que diga “mayores de X años”. El sistema es mucho más explícito. Antes de que cualquier programa con contenidos inmorales comience, la cadena te proporciona una lista de las atrocidades concretas que contiene. Puede ser, entre otras: desnudos parciales, desnudos integrales, referencias sexuales, lenguaje explícito (tacos gordos), violencia moderada (hostias), violencia extrema (miles de hostias), referencias a drogas… y la lista podría seguir un ratito…


Otro apunte con respecto a la programación: “Animal rescue”, un espacio para toda la familia en la que se narra las hazañas de los bomberos, granjeros y buenos vecinos de Australia en el salvamento de animales salvajes, ganado y mascotas que se encontraban en apuros. El otro día estuvieron una hora de programa sacando un ternero de una charca enfangada en la que había quedado atrapado. Eso en el mismo país que vive conmocionado por la nueva hamburguesa de Hungry Jack (la cadena de restaurantes de comida rápida típica del país), un monstruo de 4 pisos de carne de vacuno entremezclada con queso fundido. Dicho engendro contiene el 60% de las calorías necesarias por persona y día. Las autoridades sanitarias no han dudado en calificar dicho producto de inmoral e irresponsable. El asunto fue portada de periódicos y telediarios la semana pasada. Pero vamos, que si Hungry Jack hace la hamburguesa, es por que la gente pedía a gritos algo más potente que llevarse a la boca.


Y un último apunte: este sábado hemos tenido elecciones en el estado de WA. La cosa, como en todos los países anglosajones, estaba entre votar a la derecha (PP) o más a la derecha (¿PPP?). Creo que han ganado los liberales (o sea, el PPP), que eran los que ya controlaban el cotarro. La cuestión es que aquí no sólo hay escasez de oferta política, sino que una persona de otra ideología o que simplemente pase del tema no puede optar por la abstención e irse a la playa. En Australia votar no sólo es un derecho, también es una obligación. Y si no votas, te multan. Tal cual.

La siguiente entrada la dedico ya al laboratorio, ale.

lunes, 8 de septiembre de 2008

No sé ni cómo titular esto, la verdad...

En fin, después de que hayáis visto estos días en la tele lo de Rocco Siffredi rompiendo a llorar en la rueda de prensa mientras confesaba su homosexualidad no creo que nada pueda impactaros, pero bueno…

Desgraciadamente, aún no he podido dejar el Witch´s Hat. Jean Willem, el holandés de mi laboratorio, no sólo es tremendamente soso, feo y aburrido, sino que además es un jeta de pura raza. Debería haberse pirado de la habitación que yo tenía apalabrada hace una semana, pero el muy cerdo se ha enquistado allí. Dice que lo siente mucho, que tiene una cantidad ingente de cosas pendientes (me lo explica poniendo cara de corderito degollado, el muy imbécil, como si realmente le importase la situación, pero de momento sólo le he visto tocarse los cojones). Yo me limito a poner cara de póker. No puedo hacer otra cosa. No es que el albergue esté mal, pero me sale sensiblemente más caro que el piso y está bastante más lejos de la universidad. Además, sabéis que no soy excesivamente sociable, y empiezo a estar cansado de tanto trajín de gente de aquí para allá, de tanta risa y salida nocturna. Por otro lado y a estas alturas, uno ni siquiera sabe muy bien con quién comparte habitación en cada momento.

Y esta semana, por fin, ha ocurrido lo inevitable.

A las 3:12 am, mientras me debato en esa delgada línea que separa la vigilia del sueño, algo me despierta. Se trata de una vocecilla chillona que farfulla una mezcla de palabras y gemidos absolutamente ininteligible. ¿Otro coito? Pues no. En la penumbra, iluminada por la luz de las farolas que se filtra por la ventana, veo un cuerpo contorsionándose sobre una cama mientras emite los sonidos. Parece una tía. No sé quién es, ha habido mucho movimiento estos días en el albergue. De pronto, el cuerpo se cae de la cama y queda tendido en el suelo, como inerte. Temo que se haya esnucao, peor al cabo de unos segundos las contorsiones continúan en el suelo, como si tal cosa. Como estoy flipando, levanto algo más la cabeza para ver qué diablos le pasa a la pava. Craso error: soy detectado. La tipa se pone de pie a duras penas y avanza, torpe y desmañada, hacia mi posición. Como apenas la veo a contraluz, lo único que percibo en esos instantes es una figura melenuda y rolliza que se me acerca dando tumbos. Tengo los huevos de corbata. Os juro que estoy a punto de darle una hostia. Me pregunta algo ininteligible varias veces seguidas; la tía apesta a algo, pero no estoy seguro si es a alcohol del bueno o a colonia barata. Le pregunto que quién es, que qué leches quiere. Comienzo a comprender parte de la pregunta que me está haciendo: que si soy fulanito. Le digo que no, pero no parece importarle y levanta el edredón para colarse en mi cama. Ni que decir tiene que le corto el paso, tirando del edredón para abajo. Aún así, decide tirarse como una marmota a mi lado. Le doy un par de patadas tímidas, sin que tengan ningún efecto. Se ha quedado frita.

Como os podéis imaginar, mi papelón es considerable. Podría pedir socorro, pero no estoy por la labor de molestar al resto de ocupantes de la habitación. Ella empieza a roncar (sí, señores, como una bestia parda). Gano unos centímetros de cama empujándola. Estoy por levantarme y meterme en su lecho, que obviamente ha quedado libre, pero por algún motivo me da por pensar que eso sería pan para hoy y hambre para mañana. No puedo recular ante la invasión, debo resistir. Le doy otra patada, que tampoco parece afectarla. Casi puedo sentir la celulitis a través del edredón. Intento dormir, pero es inútil: tengo miedo.

Al cabo de media hora se levanta y sale de la habitación. Vuelve con un vaso de agua y se mete en su cama. Cuando suena mi despertador, me ducho, me visto, desayuno y me voy al laboratorio a hacer el canelo un día más. Procuro no mirar atrás.

A mi regreso al Witch´s Hat hay cachondeo, cómo no. Un irlandés de mi habitación (un borrachín entrañable, creo que ha vomitado todos los días que lleva en el albergue) estaba agazapado en su litera y presenció todo el pollo. Dice (descojonándose) que quizá también él tenga suerte esta noche, que quién sabe. Al parecer, según la versión del irlandés, la tipa sufre sonambulismo. Es una pelirroja inglesa despigmentada, bajita y regordeta, con varios tatuajes. No hablo con ella, porque cada vez que se cruza conmigo por los pasillos baja la mirada. Quizá está avergonzada, la pobre, me digo a mí mismo. Decido no hacer mofa del asunto, como el caballero madridista que soy.

Lo jodido es que al cabo de dos días, a las 5:34 am, mi instinto de supervivencia vuelve a despertarme. Esta vez ya ni me sobresalto. La tipa pretende pisarme la cabeza… porque está intentando trepar a la litera del pobre holandés que duerme sobre mí (¡!). Escucho que está hablando, le repite las mismas preguntas sin sentido. El holandés parece divertido por la situación. Pero él cuenta con una enorme ventaja, que yo nunca tuve: una posición elevada. Al cabo de cuarto de hora, la tipa se da por vencida, se marcha a la cocina a por un vaso de agua y se mete a su cama.

A mí no me la dan con queso dos veces seguidas. No es sonambulismo. Ni de coña.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Un viaje al alma australiana: entrevistando a Deron (en rigurosa exclusiva)

Esta entrevista ha sido elaborada reproduciendo diversos fragmentos de mis conversaciones con Deron. Todo es verídico y nada ha sido manipulado sacándolo de contexto. Atáosla al cinto.

Servidor: ¿Entonces, conoces España?

Deron: Claro. Creo que es el lugar más maravilloso del mundo, realmente me encanta.

S. ¿Y en qué zonas has estado?

D. En Sitges, en Barcelona y una vez en La Coruña. El Norte de España me pareció muy agradable. Espero conocer el sur alguna vez. ¿Esta es la primera vez que visitas Australia?

S. En efecto. La verdad es que aún no conozco prácticamente nada acerca del país. ¿Aquí la gente se siente más cercana al mundo estadounidense o al británico?

D. Bueno… (se queda unos segundo pensativos, abriendo y cerrando el ojo izquierdo, no parece que vaya a mentirme, sino que pretende suavizar una verdad que le escuece) En realidad, tradicionalmente, los australianos nos sentimos más vinculados a Europa. Sin embargo, los jóvenes tienden a lo estadounidense.

S. Cuando dices “Europa”, ¿te refieres al mundo británico o al continental? Son muy diferentes…

D. Me refiero a Europa en general. Nos gusta Europa. Ya sabes, la Commonwealth.

No sé muy bien qué quiere decir con eso. Creo que con tal de alejarse de los Estados Unidos cualquier opción le parece buena. En realidad, aunque los australianos presumen de ser medio británicos, en mi opinión su modo de vida se asemeja mucho más al estadounidense. Aunque ellos piensen que tomar té es suficiente.

S. ¿Y por qué crees que los jóvenes han abandonado ese “espíritu de la Commonwealth”? ¿Qué ves de malo en los EE.UU?

D. No sé qué es lo que atrae a nuestros jóvenes hacia América, pero si la economía australiana se está tambaleando hoy es por culpa de nuestra dependencia de los EE.UU. Su crisis nos está arrastrando.

S. La crisis de los EE.UU está arrastrando a todo el mundo, ya sabes, todo este rollo de las hipotecas subprime y las crisis NINJA… España está en crisis, Europa está en crisis, ayer mismo leí en el periódico que Nueva Zelanda ha entrado en recesión.

Por cierto, si queréis enteraros de los que está pasando con la economía mundial pero no tenéis un máster sobre la materia, si todo lo que cuentan en las noticias os suena a chino, podéis visitar este blog, en el que un experto se dedica a explicarlo en cristiano, para viandantes.

D. Nueva Zelanda tiene un problema mucho más serio.

S . ¿Cúal?

D. Los maoríes.

S. ¿Por qué son los maoríes un problema?

D. Siempre están molestando, últimamente han ganado mucho terreno. Has de saber que la lengua más hablada en Nueza Zelanda es el maorí, no el inglés.

S. No lo sabía (me hago el sorprendido, para ver cómo reacciona mi interlocutor).

D. Pues sí. Siempre están pidiendo un papel más relevante, más importancia…

S. ¿Más derechos?

D. También. Todo menos trabajar.

S. Bueno, son los habitantes originales de la isla, a mí no me parece mal que reciban cierto tipo de protección. Ya sabes, ellos estaban allí antes…

D. Qué va, ellos son polinesios…

Tampoco sé qué quiere decir exactamente con eso. Nueva Zelanda es parte de la Polinesia (de hecho, es uno de los vértices del triángulo que la conforma). No me parece extraño, por tanto, que los habitantes de Nueva Zelanda sean polinesios.

S. ¿Y qué hay de los aborígenes aquí en Australia? ¿Tienen tanto poder como los maoríes allí?

D. Gracias a Dios, no. Pero son iguales que los maoríes. Sólo pretenden que les pongan el dinero en la mano, sin que tengan que mover un dedo. Son negros, y los negros son vagos.

S. Bueno, pero ellos estaban aquí antes…

EL tío se tensa un poco, habla más alto al responder a esta última cuestión.

D. ¡Los Australianos levantamos este país, los blancos! Ellos no han hecho nunca nada.

Llegado a este punto empiezo a olerme por dónde van los tiros. Realmente estoy a punto de ponerme a contarle que sí, que los blancos levantaron este país, pero que tal vez los aborígenes no necesitaban, o simplemente no querían ,carreteras, farolas, fábricas y televisión por cable, que quizá ellos sólo querían vivir como lo habían hecho siempre. Y que por el hecho de llevar aquí 40.000 años más que los anglosajones, quizá se habían ganado cierto derecho a decidir. Si presuponemos que el desarrollo, tal y como lo entendemos la mayoría de los occidentales, es el bien absoluto, entonces los aborígenes son malos y deberían estudiar empresariales para expiar sus pecados. Pero sólo en ese caso. Me gustaría decirle que los australianos, bien entrado el siglo XX, no tenían por qué haber cometido los errores del hombre blanco en América o durante el colonialismo en África. De todos modos, contarle eso a Deron sería inútil y me impediría seguir tirándole de la lengua…

S. También he visto muchos asiáticos por aquí…

D. También ellos tienen buena parte de la culpa del descalabro de nuestra economía.

S. Pues parecen muy trabajadores

D. Sí… demasiado. Los japoneses cobran la mitad que un australiano y trabajan el doble, así que nos quitan los empleos. Además son muy miserables, porque luego no se gastan nada, viven con lo mínimo y envían el dinero fuera de Australia.

S. Estoy confuso… ¿los japoneses? En Japón hay mucha pasta, no creo que necesiten enviar gente fuera para atender comercios en Perth.

D. Sí, sí, los japoneses. Diez de ellos pueden vivir hacinados en una habitación como ésta.

La habitación tiene como 6 metros cuadrados, y no me imagino a 10 tíos venidos de Japón, el octavo país del mundo en índice de desarrollo humano, viviendo tan apretujados para poder tener un trabajo basura. Empiezo a comprender que Deron denomina genéricamente “japoneses” a todos los asiáticos, independientemente de que vengan de Indonesia, Malasia o China (que son los países de procedencia más comunes). No entendí el porqué hasta días más tarde, cuando vi la portada del Western Australian, el periódico más importante del estado. A día 30 de agosto de 2008, la noticia clave era que en 1942 los japoneses habían planeado invadir Australia (algo para mí lógico, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial). En realidad, a lo largo de la corta y aburrida historia de este país, el único momento de cierta trascendencia global fue su participación en este conflicto y sus enfrentamientos con los japoneses. No es por lo tanto extraño que para ellos ese gentilicio esté cargado de ecos malignos, y que lo empleen para referirse a cualquier oriental que en su opinión represente una amenaza.

Miro la televisión y veo que en un pub, como a 600 metros del Witch´s Hat, han matado a un tipo de una paliza este fin de semana…

S. Vaya tema… ¿Hay muchas peleas de este calibre por aquí?

D. Ya sabes, la gente se emborracha y pierde el control.

S. Bueno, yo en España he visto a la gente muy, muy borracha. Sin embargo, he visto muy pocas peleas en mi vida.

D. Sí, sé que en España es diferente. Pero ya sabes la gente que hay aquí: los irlandeses, y en ocasiones los ingleses, se vuelven muy agresivos cuando están borrrachos.

Como podéis ver, la filosofía de Deron es clara: la culpa la pueden tener los negros (por vagos), los asiáticos (por esquiroles y usureros) o los irlandeses y los ingleses (por borrachos y pendencieros), pero en ningún caso los australianos, que son el verdadero pueblo elegido por Dios y nunca tienen culpa de absolutamente nada…

martes, 2 de septiembre de 2008

The Witch´s Hat Hostel (III) Conociendo a Deron...

En la anterior entrada se me olvidó hablaros del anuncio que más me ha gustado de entre los no gubernamentales. Aquí en Australia también se han puesto de moda las bolsas de patatas fritas en aceite de oliva. Para promocionarse, una de las marcas presenta a una pareja de australianos de viaje por España (uno de estos pueblos andaluces tan encalados y blanquitos, concretamente). Allí un español gordo y bigotudo, con un aire Pancho-Villa-Sancho-Panza único y acento entre magrebí y mexicano (de verdad, es para verlo) se dedica a vender aceite de oliva en un puesto callejero. Por supuesto, los australianos le ofrecen sus patatas y el pobre hombre queda tan absolutamente anonadado ante su aroma y calidad que en adelante se dedica a devorarlas a dos carrillos. Bueno, volvamos al turrón…

Lo de la alemana es bastante impresionante. Se fuma dos paquetes de tabaco al día, bebe güisqui desde el alba hasta bien entrada la noche (en caso de no tener cola, lo rebaja con limón. Si no tiene limón, se lo bebe a palo seco. Eso sí, siempre ofrece) y, por algún motivo (¿será por su elevada sociabilidad?), está al tanto de todos los chismes que circulan por el Witch´s Hat. Esto último me interesa, de cara a saber quién es quién, puesto que yo por lo general me marcho de allí a las 8:00 y no vuelvo hasta la hora de cenar. Al parecer, las tres irlandesas de la furgoneta hippie (tres seres despreciables, que no saludan ni a la de tres y que han tenido la desfachatez de meter una lata de paté de su propiedad en mi hueco de la cocina) no paran de meterse cocaína pal cuerpo, el suizo pierde aceite, y la encargada de la limpieza es adicta a los antidepresivos.

En un momento determinado Karem me confiesa que le duele el estómago porque no le queda refresco .Y claro, su solución no es dejar de beber, es buscar algo con lo que rebajar el güisqui (no recuerdo qué marca bebe) en una licorería que hay aquí cerca, el único establecimiento que abre más allá de las 5:00 pm (sí señores, aquí hay licorerías, esos locales que siempre son atracados en las pelis). Me pide que la acompañe (aunque no tengo muy claro si le importa o no que la violen) y accedo como el buen chico de provincias que soy. Por el camino me cuenta que, después de cinco meses rascándose el bolo y yendo de aquí para allá se le ha acabado la pasta, de modo que, de acuerdo con la filosofía de los working holidays, se ha buscado un curro como camarera en el bar de un pueblo de 200 habitantes en mitad de ninguna parte. Se marcha al día siguiente. Pues vale.

El Albergue lo regentan dos varones australianos de mediana edad llamados Adam y Hooper. Van por la vida de tíos cachas y curtidos. A mí gusta pensar que son homosexuales y que sienten el uno por el otro un deseo irrefrenable, pero que ellos aún no lo saben. Son correctos, en general, pero bastante peseteros.

En realidad, todo esto son menudencias, y como no quiero que os aburráis, creo que ha llegado el momento de hablaros de Deron (/Dairon/).

Aunque el Witch´s Hat está conceptuado básicamente como un albergue para los jóvenes, a nadie le piden la partida de nacimiento para poder dormir aquí. Deron andará más cerca de los setenta tacos que de los sesenta y anida en la habitación número seis. A juzgar por su mano izquierda yo diría que es viudo, pero no estoy en posición de asegurarlo. Es un australiano más bien canijo, delgado pero barrigón y casi calvo, aunque ha tenido a bien hacerse una coleta con el poco pelo que le queda en la nuca (si esto incrementa su éxito reproductivo, sólo el tiempo lo dirá). Lleva gafas y siempre tiene el ojo izquierdo casi cerrado (al principio creí que a causa de un ictus, pero al parecer sólo te trata de un tic: puede abrir el ojo a voluntad y visualizar con él). Intentaré conseguir una foto, pero si le echáis imaginación se parece un poco al hipotético padre de Sloth, el de los goonies (no es coña). Su acento es cerradísimo, uno de los más brutales; la primeras veces que lo escuché hablar ni siquiera supe decir si aquello era o no inglés, lo juro.

Nadie sabe exactamente qué cojones hace Deron en el Witch´s Hat, pero en contrapartida él sabe TODO de TODO el mundo (incluso cosas que no debería saber si no le pasasen información los dueños, como por ejemplo hasta que día me quedo yo). Se pasa el día leyendo libros de ciencia-ficción en la cocina, comiendo tostadas y fumando cigarrillos en el porche.

Me he ganado su confianza gracias a que a los dos nos gusta mucho el deporte y nos pasamos los primeros días tragándonos los juegos olímpicos mano a mano (el resto de anglosajones parecen inclinarse más bien por el resto de la rica y formativa programación televisiva, de lo que ya os he hablado). He decido utilizarlo como australiano control para mis estudios, puesto que él afirma sentirse proudly australian , un aussie de la vieja guardia, y le desespera la progresiva americanización de los jóvenes. Es un auténtico racista y un iluminado…